Caramel, Caramel... vive deslizándose entre los escombros de sus recuerdos, mientras ama sus manos y pestañas rojizas como un sueño, levadizas como las alas de su mariposa. Juega al destino de atreverse a nunca más ser.
Caramel es una señora que ochentea la historia de la humanidad, veleidosa como pocas, siempre auyenta a escobazos los esquemas de remedios placébicos y la voces de médicos atorrantes, que sólo saben de libros y cuentos.
El espacio ganado por Caramel -no el espacio físico de su entorno que de por sí es obvio y real- consta de conocimiento que vence la muerte, porque descubrió la
teoría de las supercuerdas, leyó algo de eso, entendió lo que entendió, (creo que entendió que subatómicamente existen unas cuerdas que vibran al compás de otras que vibran universalmente, y que su integridad es una armonía celestial).
Caramel es sólo ella tan grande como un planeta y apenas se eleva como un grano de azúcar.